Sanguínea: la locuacidad de un cuerpo indómito, de Gabriela Ponce, por Jimena Victoria Torres Marco

16.02.2025

Jimena Victoria Torres Marco analiza Sanguínea, de Gabriela Ponce, como el «canto al cuerpo de una mujer hiperconsciente de sí misma».

«Es necesario que la mujer se escriba porque es la invención de una escritura nueva, insurrecta lo que, cuando llegue el momento de su liberación, le permitirá llevar a cabo las rupturas y las transformaciones indispensables en su historia» (Cixous, 1995: 61)

En La risa de la medusa (1995), Hélène Cixous afirmaba la necesidad de rebelarse contra un lenguaje (fa)logocéntrico e inventar una «lengua de mujer» para que esta escriba su cuerpo, reinvente muros de separación, reglas y códigos, franquee el discurso. Dejando de lado el esencialismo al que esta declaración pueda remitir, Gabriela Ponce (Quito, 1977) consigue plasmar a la perfección esa práctica de escritura que materializa en el texto el cuerpo de una mujer en toda su abyección. Confrontándose con el concepto de lo abyecto como lo excluido y silenciado (Kristeva, 1988), Gabriela Ponce recrea una danza de fluidos que enuncian un erotismo descarnado, invirtiendo los patrones falocéntricos y desplazando procesos históricamente silenciados y rechazados como la menstruación hacia el ámbito del deseo sexual: «El no prendió la luz, solo me besó los pezones y me besó los muslos y saboreó la vagina sangrante y con esa sangre volvió a mi boca y me siguió besando con una suavidad que yo no había conocido antes» (Ponce, 2020: 10). En esta alabanza de la menstruación y su desplazamiento hacia lo erótico resuena la poesía de la uruguaya Cristina Peri Rossi: «sentir a Dios en tus húmedas cavidades/ en el grito vertiginoso/ de la jauría de tus vísceras/ saber/ que Dios está escondido entre las sábanas/ sudoroso/ consagrando tu sangre menstrual/ elevando el cáliz de tu vientre» («De aquí a la eternidad»).

La novela parte de la sangre en toda su plenitud física para después alcanzar una dimensión metafórica que connota el dolor que atraviesa una mujer que afronta pérdidas consecutivas, fracasos vitales que ella misma va fraguando y un dolor y una culpa que acaba normalizando como sentimientos definitorios de su existencia: «Camino sintiendo un amor genuino por las cosas, el paisaje y por la constancia del color rojo y, sobre todo, un amor genuino por mi dolor» (157). El adulterio, el fracaso de su matrimonio, la renuncia profesional y un embarazo no deseado constituyen los distintos episodios que articulan un relato fragmentado y digresivo pero que siempre regresa al pasado, a una infancia marcada por las traiciones y relaciones «tóxicas» de las telenovelas.

La huida es otra de las constantes de este libro, incluso de aquellos lugares donde la protagonista encuentra un refugio: la huida de la cueva de su amante, de su matrimonio, y, finalmente, de la maternidad. En este sentido, la maternidad se presenta como otro de los grandes conflictos internos de la voz narradora: «No puedo tener al hijo, tampoco abortarlo» (104). El sentimiento de ambivalencia que le provoca su futura maternidad está condicionado por distintos factores: económicos, identitarios, y afectivos, presentando este acontecimiento como una síntesis de las distintas opresiones que atraviesa como mujer precaria, divorciada, latinoamericana, pero, ante todo, como mujer en búsqueda de su identidad. El extrañamiento que le produce el proceso del embarazo es otro de los asuntos que rodean a la maternidad: «Mi cuerpo ahora es suyo y me asfixia la idea de que en mi cuerpo vivamos dos, monstruosa idea. […] No siento que lo quiero. Ni siquiera siento que es un niño o una niña, son piedritas, tengo una panza llena de piedras […] Imagino que tengo un montoncito de gusanos» (136-139). Esta deshumanización del feto refuerza su decisión de dar al hijo en adopción a unos padres daneses cuya incapacidad para reproducirse los ha llevado a la desesperación. Es aquí donde se plantea una disyuntiva: la capacidad biológica que representa la protagonista frente a su incapacidad económica y vital: «Mi cuerpo sabe hacer esto, mi cuerpo sabe cómo reproducirse a pesar de tener un mioma gigante tomándose, junto al feto, el útero. Pero no sabe cómo criar un hijo, mi cuerpo eso no lo puede hacer» (146). La adopción se presenta como una solución a este conflicto, ante el sentimiento de culpa que le despierta la posibilidad de abortar o «aborto mental», en términos de la escritora chilena Lina Meruane. Sin embargo, la decisión de tener al niño no elude el dolor y el vacío que suceden al parto, ni tampoco la frialdad con la que relata cómo ni siquiera mira al recién nacido antes de que se lo lleven. Junto a la deshumanización del niño ya mencionada, se produce una animalización de la mujer durante el parto, aproximando esta experiencia a lo instintivo o primitivo y privándola de la trascendencia cultural y del lenguaje edulcorado con el que se representa desde el punto de vista de la maternidad institucional (Rich, 1976).

El dolor es absurdo, pero es un trabajo, me digo, en medio de la locura del cuerpo: mis caderas de perra van abriéndose y mutando hasta hacerse de humo o de polvo o de papel y cual viborita voy sacando mojado al niño, con un dolor que no es dolor, que es el oficio, me repito, dolor de las caderas triturarse, hacerse masa para que las moldee la cabeza del niño. Dolor que es un cuerpo desesperado por respirar que te va abriendo canales, canales pequeños que se hacen gigantes y, en esa dilatación, sentir la cabeza, sentir los hombros, sentir las piernas de la criatura luchar por encontrar el camino, dolor que son troncos de árboles cayendo sobre el suelo que eres tú, sobre la hormiga que sí soy yo, soy todos los animales abiertos. (Ponce, 2020: 152)

Sanguínea es un canto al cuerpo de una mujer hiperconsciente de sí misma, una autoconsciencia que la lleva al conflicto, a la huida, al fracaso, pero, ante todo, a conocer los recovecos de su existencia. A través de esta «escritura del cuerpo», la narradora indaga en su yo más íntimo a través de la materialidad de un cuerpo locuaz, indómito e irreverente.

Jimena Victoria Torres Marco

Referencias bibliográficas

Cixous, Hélène (1995), La risa de la medusa. Ensayos sobre la escritura, Barcelona, Anthropos.

Kristeva, Julia (2004), Poderes de la perversión, Buenos Aires, Siglo XXI.

Peri Rossi, Cristina (2005), Poesía reunida, Barcelona, Lumen.

Ponce, Gabriela (2020), Sanguínea, Barcelona, Candaya.

Rich, Adrienne (1996), Nacemos de mujer: la maternidad como experiencia e institución, Madrid, Cátedra.

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